
El discurso oficialista sigue intentando ser algo que no es.
Para los argentinos, Malvinas siempre despiertan las emociones más profundas. Es un símbolo de orgullo, de lucha y de memoria. La defensa de un ideal justo y la determinación de sostenerlo hacen que la soberanía nacional siga siendo un tema que nunca deja de estar presente, generando debate, reflexión y, sobre todo, un fuerte sentido de identidad. Esta pasión malvinera ha sido muy útil para transmitir a las nuevas generaciones la necesidad de lucha, logrando traspasar la barrera de los nichos políticos y militares para convertirse en un símbolo de argentinidad por excelencia que abarca casi la totalidad de los aspectos del día a día.
Sin embargo, esta reivindicación no ha sido ajena a los problemas, y la falta de articulación por parte de la política ha sido en parte responsable de ello, quedando el reclamo muchas veces al acecho de sectores no muy adherentes a las ideas de soberanía nacional y tradicionalmente anglófilos.
Es muy común que en las celebraciones del 2 de abril y en encuentros de veteranos famosos de las tres fuerzas armadas se resalten las hazañas más conocidas de la guerra, pero al mismo tiempo sin permitir que se profundice más en el contexto de tales acciones ni mucho menos que aparezcan críticas sobre el acercamiento de ciertos veteranos a figuras clave de la política exterior británica. La doble vara con la que se mide Malvinas parece tener interés por magnificar hechos con tinte cinematográfico en lugar de hilar fino en los errores que cometidos en su debido contexto desencadenaron el fracaso de las operaciones y de la política exterior argentina.
Si bien a día de hoy Malvinas está en boca de todos aún existen posiciones enfrentadas, y de momento la más fortalecida sigue siendo la que de la desmalvinización light, que pretende relegar Malvinas a un mero hecho histórico mientras los defensores de esta postura, muchos ex veteranos, muestran abiertamente sumisión ante la corona. Es ridículo que no produzca ruido tal nivel de entrega pero que al mismo tiempo las críticas se tomen como ataques a la causa Malvinas. ¿Por qué no podemos ser críticos al defender una causa que sigue viva?
Criticar y profundizar es la mayor amenaza para el sector pro británico que se disfraza de malvinero. Con el pasar de los años se vuelve insostenible el relato de acciones espectaculares aisladas mientras se ignoran los problemas de fondo que afectaban a la interoperabilidad y el accionar conjunto. Entender las causas del fracaso supone tender un puente hacia una solución favorable, lo cual no está alineado con los deseos británicos ni a sus intereses en el Atlántico Sur.
Es imperioso que para construir un reclamo sólido debe haber conducción, y la misma tiene que estar dispuesta a enfrentarse a los intereses que nos alejan de conseguir resultados. Malvinas no es una página de historia amarillenta, 43 años después sigue siendo una amenaza ocupante que pone en peligro a la mitad del territorio nacional. Entender el por qué del fracaso es el principal paso para construir soluciones viables a futuro, lo cual es imposible si no se quita de la ecuación a minorías ruidosas que pretenden opacar los hechos por propio beneficio construyendo relatos que enaltecen la inoperancia y al mismo tiempo invisibilizan a quienes combatieron con heroico valor al enemigo histórico de la nación.
Malvinas somos todos, y la defensa de la gran causa nacional debe ser a toda costa con la verdad, más allá de los intereses que pesen sobre los relatos construidos debe ser prioridad derrumbarlos para fortalecer el futuro de nuestro reclamo.