
Un entramado de corrupción, sangre y muerte le dio la bienvenida al narcotráfico en Argentina.
Por Enzo Seimandi Bissi
En política, el tiempo es sagrado y no perdona. Con el gobierno dándose a sí mismo sucesivos tiros en el pie y con las legislativas a la vuelta de la esquina, el reloj comienza a acelerar mientras las cartas escasean. La trampa aceleracionista liberal es imparable, por lo que debe ser abordada con prudencia y organización.
El tiempo, ese factor tan delicado y susceptible a errores, está siendo completamente invisible para el peronismo, el cual no logra acomodarse mientras transita una maraña de desorganización y rivalidad alimentada por egos, una mezcla que resulta peligrosa cuando el principal movimiento del país se encuentra prácticamente sin conducción y estancado en una época que, aunque no muy lejana, ya ha dejado de existir.
Si bajamos a la realidad de los argentinos y a las hazañas que deben realizar para sobrellevar el día a día, el desamparo es total, y la desconexión de la dirigencia peronista con su gente comienza a hacer ruido entre militantes y adeptos, quienes incansablemente buscan y exigen respuestas de una dirigencia que, a sus ojos, los ha dejado a su suerte frente a un contexto político, social y económico lisa y llanamente brutal. Las pretensiones personales de algunos dirigentes reforzadas con aspiraciones cortoplacistas y mediocres de una militancia de mesa chica han sido una gran contribución para la sensación de invencibilidad de la que gozan funcionarios liberales y acompañantes de otras fuerzas típicamente antiperonistas.
La falta de voluntad para la conducción ha hecho que un movimiento de masas quede relegado a una simple confederación de partidos provinciales, que apenas respira para disputarse espacios marginales de la política municipal y provincial, una tendencia peligrosa y debilitante para una fuerza históricamente movilizadora. Aún con este panorama desolador, tanto para los viejos peronistas de paladar negro como para los jóvenes más esperanzados, vuelve a asomar una luz de esperanza de unidad, la cual, tradicionalmente, llega de la mano de los mismos que intentan exterminar al justicialismo en todas sus formas.
El discurso ridículamente agresivo, la conflictividad interna permanente, condicionada por la influencia del macrismo, la corrupción sin escrúpulos, los escándalos internacionales por estafa y, ahora, la brutal represión, pueden convertirse en la chispa perfecta para el renacimiento de la unidad peronista. El justicialismo unido ha sabido aprovechar contextos similares, e incluso peores, a su favor. El error del oponente es explotado al máximo para ocupar los discursos y espacios de poder descuidados en la desesperación del oficialismo por ordenar sus propias filas. Entre el escándalo por estafa en el que se vio involucrado el Presidente Milei y la brutal represión que se ejerció contra jubilados, veteranos de guerra y periodistas, se dio forma al momento ideal, una ventana de oportunidad única para concretar una unión sólida de todo el peronismo para jugar con fuerza y creatividad frente a la brutal inoperancia liberal.
Las oportunidades no son gratuitas ni infalibles, la responsabilidad de aprovechar una situación tan favorable como crítica es crucial. Desde abajo hacia arriba la militancia peronista debe ser consciente de que el tiempo se agota y exigir una dirigencia a la altura de las circunstancias, lo cual es imposible de lograr si se permite que dirigentes y militantes aspiracionales prioricen sus intereses personales sin que existan consecuencias. La unidad se logrará con organización, y la determinación deberá ser implacable si se quiere tener éxito.