
Mientras los poderes fácticos buscan mantener la inercia, solo la doctrina, la coherencia histórica y la convicción moral pueden abrir camino para que el peronismo recupere su fuerza transformadora.
Un modelo que convirtió la dirigencia en una casta servil y el torneo local en una caricatura de competencia.
Opinión03/12/2025
Danilo ZuritaMientras la economía argentina se desploma, las persianas de muchas empresas se bajan para siempre y miles de trabajadores pierden su empleo, algunos intentan responsabilizar al hincha por indignarse con Chiqui Tapia. La frase tan repetida de “mientras vos puteabas al Chiqui” intenta instalar la idea de que la preocupación por el fútbol es una distracción inmadura frente a los problemas urgentes del país. Pero lejos de ser una deriva emocional sin importancia, el estado del fútbol argentino es hoy un espejo casi perfecto de las fallas institucionales que atraviesan a la Argentina. La tesis es simple y dolorosa: el fútbol dejó de ser una competencia deportiva y se convirtió en un sistema de obediencia política administrado por una AFA rica, sostenido por dirigentes seca nucas y naturalizado por un ecosistema que aprendió a funcionar sin reglas.
Conviene recordar que no siempre fue así. Hubo épocas —los 90, los primeros 2000— donde el fútbol argentino, aun atravesado por crisis económicas nacionales, mantenía un orden, una lógica deportiva reconocible, un calendario respetable y una competitividad sólida que hacía honor a la tradición local. Los clubes podían retener planteles, apostar por proyectos, sostener juveniles y competir de igual a igual en el continente. Ese país futbolístico ya no existe: fue reemplazado por una maquinaria burocrática y opaca donde las decisiones no responden al deporte sino a los intereses de una conducción centralizada.
La liga local se ha convertido en un laberinto sin reglas claras y sin lógica deportiva: torneos modificados a último momento, calendarios improvisados, normas de ascenso y descenso que cambian según el clima político de Viamonte, competencias que dejan de tener sentido, otras que aparecen sin explicación, fixtures que parecen diseñados para sostener favores, alianzas y equilibrios internos. Ese caos organizativo no es una anécdota: es la forma de gobernar. Y el caso más grotesco —una especie de síntesis nacional— fue la adjudicación por escritorio del supuesto “título” de Central, una decisión administrativa tomada en una oficina, sin consenso reglamentario, sin legitimidad deportiva y sin el menor respeto por la competencia real. Esa resolución no coronó a un campeón: coronó un procedimiento. Fue la certificación burocrática de un modelo donde la lapicera vale más que la pelota. Ese episodio dejó un mensaje brutal: en la Argentina, si el reglamento estorba, se reescribe; si la cancha no alcanza, siempre hay un despacho dispuesto a fabricar un ganador de ocasión.
Ese clima se profundiza por una dirigencia que renunció a su rol. La AFA está rodeada de presidentes de clubes cuya prioridad parece ser mantener la cabeza gacha para no perder recursos, designaciones arbitrales o favores futuros. Funcionan como una estructura de obediencia, más atentos a no incomodar que a defender los intereses de sus instituciones. Son dirigentes “seca nucas”: asentidores profesionales que fortalecen un sistema de concentración de poder en lugar de disputarlo. En ese ecosistema, exigir transparencia es visto como una amenaza; exigir reglas claras, como un acto de rebeldía intolerable. Y mientras la AFA se consolida, los clubes se vuelven cada vez más frágiles.
Todo ocurre mientras la AFA acumula recursos como nunca antes, pero los clubes se hunden en crisis económicas cada vez más graves. La ecuación es brutal: AFA rica, clubes pobres. Se multiplican ingresos por sponsoreo, derechos comerciales, giras, selecciones, convenios digitales y negocios periféricos; sin embargo, la plata no llega a quienes sostienen la estructura del fútbol. Los clubes —que son asociaciones civiles sostenidas por hinchas y socios— tienen estadios deteriorados, juveniles que se venden a los 17 años, presupuestos que dependen de rifas, transferencias urgentes o canjes, planteles imposibles de mantener y deudas históricas que sólo crecen. Para dimensionar la desigualdad: el premio económico por ser campeón en Argentina no alcanza ni para un mes del contrato de un lateral suplente, mientras que en Brasil un campeón recibe 10 millones de dólares por la liga y hasta más de 18 millones de USD en caso de salir campéon de copa nacional. No hay meritocracia posible en un sistema que castiga incluso a quien gana.
A esa crisis se suma un sistema de derechos de televisación que funciona como una caja negra. No se sabe cuánto vale realmente el producto, no hay licitaciones transparentes, los clubes no tienen información completa sobre lo que deberían recibir, y la discusión se maneja de manera discrecional. Mientras en el mundo la TV es la base del crecimiento deportivo y económico, en Argentina es una herramienta de disciplinamiento político. La consecuencia final es sencilla: una liga sin televisión fuerte es una liga sin futuro. Y esa debilidad programada no es casual: es funcional al modelo de dependencia que sostiene a los seca nucas.
En este panorama, también resulta humillante que los premios que otorga la AFA a los campeones sean simbólicos, casi testimoniales, incapaces siquiera de cubrir un mes de salarios profesionales. Ganar no cambia nada; no ordena las finanzas, no premia el mérito, no permite planificar. Se ha naturalizado una estructura donde competir es más costoso que triunfar, como si el sistema estuviera diseñado para desalentar la excelencia. No hay incentivo deportivo porque no hay un modelo que premie la calidad: solo un entramado burocrático que reparte migajas para mantener todo igual.
La contracara es Brasil, un país que —con clubes igualmente organizados como asociaciones civiles— logró construir un modelo sólido, profesional y competitivo. Desde 2019, todos los campeones de la Copa Libertadores son brasileños: Flamengo, Palmeiras, Fluminense. No porque tengan un gen distinto, sino porque profesionalizaron sus instituciones, modernizaron su infraestructura, consolidaron contratos televisivos millonarios, respetaron calendarios sensatos y construyeron un ecosistema donde los clubes son fuertes y el rol de la federación es coordinar, no disciplinar. Mientras allá la estructura produce éxito, acá la desorganización produce decadencia. Allá hay instituciones; acá hay obediencia.
Frente a este panorama, la idea de que criticar a Tapia es una distracción suena más a estrategia de encubrimiento que a reflexión honesta. El fútbol no es un entretenimiento menor para los argentinos: es un espacio social, cultural, identitario y económico. Criticar su deterioro no es evadir la realidad: es nombrarla. Es comprender que la decadencia del fútbol es parte de la decadencia general del país; que un sistema sin reglas, sin controles y sin transparencia siempre termina destruyendo aquello que administra. Y es, sobre todo, entender que el hincha no es el problema: el hincha es la última voz libre en un sistema de dirigentes arrodillados.
Si la Argentina se cae a pedazos, no es por quienes protestan; es por quienes gobiernan sin rendir cuentas. Señalarlo no es odio, no es distracción, no es capricho. Es, quizás, el primer acto de responsabilidad cívica que todavía nos queda. La decadencia del fútbol argentino no es inevitable. Lo único inevitable es que siga así si nadie se anima a dejar de secar la nuca.

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